UN REGALO DIFERENTE

Un relato sobre mi experiencia en una sesión de reiki

Mi amiga me hizo un regalo diferente. Abrí el sobre con la sonrisa de quien espera un bono de esos de máximo descuento de páginas web, ¿sería un masaje tailandés?, ¿una limpieza facial con chocolaterapia?, ¿una cata de vinos que tanto me gustan?.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el regalo no se correspondía con nada de lo esperado. Una cuartilla me citaba un día y a una hora en una dirección. ¿Qué es esto, nos vamos de scape room?. –Es un regalo personal, vas a ir tu solo, y verás como todo cambia a partir de entonces-, vaticinó mi amiga.

Confío en ella ciegamente así que descarté ideas de secuestros express, pasajes de terror y demás alucinaciones que me invaden en casos así.

Llegué a la dirección en la hora señalada. Ante mí encontré un edificio común de viviendas, el clásico de barrio obrero que refleja que había vivido tiempos mejores y la crisis le dejó un poco olvidado, dejado, como esa camiseta que una vez fue tu prenda favorita y hoy ya solo usas para dormir. Atravesé el portal y llegué a la vivienda que rezaba en la nota. Toqué el timbre mezcla de miedo y euforia. Soy bastante aventurero, no le tengo miedo a lo desconocido, la vida hay que llenarla de nuevas experiencias, pero ésta me tenía especialmente inquieto.

Abrió la puerta una señora de mediana edad. Su sonrisa calmó un poco mi ansiedad, y su abrazo como si me conociera de toda la vida terminó de confirmare que fuera lo que fuera a pasar allí, no debía tener miedo, ella me protegería.

Pasamos a una habitación pequeña, inundada de un silencio más clásico de una sala de cine que de una vivienda.

Mi vista hacía un repaso por toda la estancia inspeccionando cada detalle. Una estantería con libros de psicología, reflexología, una minicadena, un incienso que se había consumido, una camilla, una pared llena de títulos y un escritorio donde me pidió que me sentara. Del cajón sacó una carpeta que ya estaba rotulada con mi nombre. Un folio blanco y un bolígrafo comenzaría a dar vida a lo que se avecinaba. Una pequeña entrevista donde comenté mi forma de ser, mi actitud frente a los errores, los aciertos, y la confesión de vivir siempre de prisa, dejando que el tiempo me domine a mí.

Al acabar esta pequeña charla, pasamos a la camilla. Me tumbé mientras la señora encendía la minicadena y ponía una nueva barrita de incienso en el quemador. Al compás de música relajante y tapándome con una manta con olor a lavanda que me transportaba a los recuerdos de mi abuela, cerré los ojos y empecé a hacer una serie de ejercicios que me pedía. Tensar y relajar los músculos, – aprieta la mandíbula, suelta. Siente como cada vértebra toca la camilla y queda atrapada en ella -.

Un ejercicio propio de meditación que me llevó a olvidar los nervios del desconocimiento y la tensión del estrés continuo que me llevó a un nuevo mundo.

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Sentía calor, primero en la garganta, luego en el pecho, en la boca del estómago. Me dormía, quería dormirme, pero otra parte de mi estaba rabiosa por no perder detalle de lo que estaba pasando en ese cuarto. Empecé a sentir sensaciones extrañas amén del calor en las partes que os comento, noté como si una energía de color negro saliera de mi cuerpo y diera paso a una nueva luz blanca que me inundaba, que subía desde el estómago con un cosquilleo hasta la cabeza, que me hacía sentir algo que hacía años no sentía, paz. Durante poco más de una hora sentí un torbellino de emociones que no olvido desde entonces.

Al terminar, una sensación inundaba mi cuerpo. Quería llorar, no sabía porqué, no había motivo, estaba tranquilo, pero aún así quería llorar. Y lloré, y seguí llorando dos días más tarde.

Y con cada lágrima, con cada suspiro de no poder parar de llorar veía como la misma energía negra que salía de mi estómago en la sesión, ahora salía de los ojos, y en su lugar, todo se volvía blanco.  – Cada persona suelta la negatividad a su manera, algunos lloráis, otros se ríen, otros duermen, cada cuerpo es diferente-, me decía la terapeuta cuando la llamé asustado.

Hace dos años de esta primera experiencia, hace dos años que con un regalo diferente descubrí un nuevo camino en el Reiki. Hoy puedo ser capaz de hacer pequeños viajes astrales, entender y defender que algo tan simple como unas manos pueden curarte y hacerte expulsar lo malo. Y aunque aún sigo en un tira y afloja con eso de medir el tiempo, no dejo que me ordene, pues al final el tiempo es sólo eso, tiempo.