AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

Cuando jugábamos al balón

Recuerdo que todas las tardes debíamos ir, como no, a clases particulares.

Les hablo de allá por los años 1964/65. Allí, en la academia pasábamos unas horas haciendo los deberes con la ayuda de la  Señorita, que llamábamos “Madame Directriz y con su hijo Carlos, “Charly”, unos pocos años mayor que nosotros (pasados unos cuantos años fuimos compañeros profesores de Instituto, eso sí, los dos ya estamos jubilados).

La academia estaba en la calle Mieres, frente a la Cocina Económica. Ese edificio era nuestra primera visión, antes de salir como tiros a jugar al balón en esa misma carretera. Poníamos les chaquetes en el suelo para hacer les porteríes y a correr y sudar como animales pegando patades al balón como locos y esquivando los pocos coches, motocarros, bicis o carros que pasaben por la calle. Nunca faltaba Antoñico “El Gitanu” con la muyer,  “La Pica” que volvíen hacia el Llano con el carru tirau por el burrín a retirase después de una jornada de vender y recoger todo tipo de trastos. Era un paisanón muy altu y buena gente, siempre tenía unes palabres cariñoses para nosotros.

En el año 1966 gracias sobre todo a “Madame Directriz”, empezamos a clase de Bachillerato en el nuevo Instituto Jovellanos.  Anteriormente habíamos hecho el ingreso en el instituto viejo. Qué buenos recuerdos de aquel curso en el antiguo instituto, con sus porches, las aulas en la  primera planta y enfrente del popular parque o plaza del Parchís, nuestro terreno de juego particular, que se convertía casi en el Molinón cuando jugábamos como locos al balón, al pio campo, etc…

Como decía,  al año siguiente ya fuimos a 1º de Bachillerato al nuevo Instituto de Fernández Ladreda  (Hoy, Avda. de La Constitución). Eso ya era otra cosa, jugábamos en otra liga, menudos partidos que echábamos en el amplio patio todos los recreos. Nuestra técnica pulida durante años y la evolución física propia de la edad, ayudaban a que esa media hora fuera frenética. Subíamos corriendo a clase cuando sonaba el timbre, con unas sudadas de campeonato, jadeando y empapados, ropa y cara. Nos daba igual. De aquella, todavía no presumíamos mucho con las niñas.

Dejábamos el balón en la papelera del aula para que lo viesen, sobre todo, tres profesores que eran muy futboleros. Sabíamos que cada vez que se acercaban a la papelera, en sus paseos por la clase, le iban a dar unos toques y a contarnos anécdotas de sus recuerdos de juventud.

“Cuando yo jugaba en tal equipo federado éramos unos fenómenos….”, así conseguíamos pasar un buen rato de la clase, sin tener que estudiar o hacer ejercicios y soñando despiertos en el aula. Era muy divertido.

Cuando salíamos de clase por la tarde, nos íbamos a los praos de la “perceba” que estaban detrás del Jimena y de Maestría (de aquella no había todavía edificios). Esos sí eran partidos como los de “verdad”. Las porterías eran piedras, pero para nosotros como si fuesen auténticas. Lo malo, era decidir si cuando chutábamos alto había sido gol o no. Como no había travesaño o larguero, era a guellu (que fue alta, que no, que entró clarísimamente) pero seguíamos jugando sin muchas discusiones, la verdad. 

Pasaban por la “perceba” paisanos del fútbol modesto a venos jugar para descubrir jóvenes talentos que pudiera formar parte de sus humildes Equipos Federados. “El chepín, el Presi, Kike el tapiceru, el Moreno, etc…”  Eran auténticos ojeadores de guajes que podíen jugar en sus equipos y ¡vaya que si lo conseguían! a muchos nos vieron y nos ficharon.

Cuando no había clase íbamos a jugar partidos a La Escalerona, eso ya era lo máximo. La sensación de la arena, el Sol y la melodía de las olas, junto con el olor a mar…. le daban una magia inexplicable. Ninguno de nosotros extrañaba el césped de los campos de fútbol.  Allí también nos iban a ver estos ojeadores (cazatalentos) pero además, todo el público gijonés que pasaba por el muro, incluídas les mozines… podían disfrutar de nuestros toques y nos hacían sentir aún más profesionales.

A la playa íbamos muy bien acompañados, con nuestras amigas del Jimena y jugábamos partidos mixtos, muchas de ellas, a pesar de tener menos práctica que nosotros, nos dejaban con la boca abierta, por sus talentos futbolísticos y no solo por esos… A veces, también jugábamos con los pies atados o por parejas. Lo mejor era al final, cuando nos pegábamos un bañín en la mar de la playa San Lorenzo. ¡Qué prestoso y divertido!.