EL PELUQUERO DE BARBRA STREISAND

Porque un día te hago los rulos y al siguiente una película.

Solemos pensar que Hollywood es un paraje de luz y magia que flota a varios centenares de metros por encima de lo rutinario y banal; un lugar que valora ante todo el buen hacer y el talento de sus artistas. Yo también lo creía. Aún hoy, muy de vez en cuando, me topo con alguna película que me devuelve a aquella ingenua idea infantil. La dura realidad es que la industria del cine, como cualquier otra actividad humana, también padece la mediocridad de los mediocres, la avaricia de los avaros y el arribismo de los arribistas. Por suerte para nosotros, sufridos espectadores, el genio de algunos guionistas y cineastas se sigue colando, en ciertas ocasiones al menos, entre la caterva de directivos trajeados que toma las decisiones al frente de las majors norteamericanas. La que hoy nos ocupa no es una de esas ocasiones, pero guarda relación con Nicolas Cage, y eso siempre mola.

Puede que no todo el mundo lo sepa, pero Nicolas Cage fue Superman durante unos pocos meses de 1996. Tras nueve años en dique seco a causa del estrepitoso fracaso de “Superman IV: En Busca de la Paz” (1987), Warner decidió recuperar al hombre de acero. Tim Burton, que venía de dirigir las dos exitosas primeras películas de Batman, fue contratado como director. El bueno de Nic, declarado fan del personaje, sería el actor encargado de enfundarse el traje y la capa. Para escribir el libreto se recurrió a Kevin Smith, reputado guionista de cine y cómics que acabada de dirigir su segundo largometraje, “Mallrats” (1995). Los cimientos del proyecto eran sólidos y la gente involucrada parecía la más indicada. La idea del estudio pasaba por darle al film un toque diferente, más oscuro, épico y adulto. Burton se sentía cómodo con dicha estética y Smith había firmado un texto que encajaba a la perfección con las preferencias de la productora. Así pues, ¿cómo es que nunca vimos terminada y estrenada esta película?

Superman Nicholas Cage

Si se trata de buscar responsables, la culpa casi absoluta la tiene el peluquero de Barbra Streisand. Así como lo oyen. El tipo en cuestión responde al nombre de Jon Peters y muchos años antes de joder “Superman Lives” (ese era el título del proyecto maldito) trabajaba en el negocio familiar: una peluquería situada en la exclusiva Rodeo Drive, en Beberly Hills. Allí, entre cortes de puntas y permanentes, comenzó a coleccionar contactos dentro de la industria del cine. Corría el año 1974 cuando diseñó una peluca corta para que Barbra Streisand la luciese en la comedia “¿Qué Diablos pasa Aquí?” Aquella tuvo que ser una peluca cojonuda, porque desde entonces Barbra y Jon fueron uña y carne. Una cosa llevó a la otra y el estilista se convirtió en productor musical y después cinematográfico. Pasaron los años y las películas. Jon fue acumulando un buen montón de pasta y a principios de los noventa le compró a Warner Bros. los derechos de la franquicia Superman. ¡Hollywood, qué lugar!

¿Recordáis el guaperrimo guión de Kevin Smith? Pues a Jon Peters no le gustó nada. De hecho, si atendemos a sus sugerencias para mejorar el texto, tampoco le gustaba Superman. Fueron muchas las perlas que propuso este sujeto. Entre otras cosas exigió que el kryptoniano no volará y no usara su traje característico. Para el papel de hombre de acero sugirió a Sean Penn, porque, siempre según su “experta” opinión, el actor tenía los ojos de un ”animal enjaulado, un jodido asesino“ (sic). Algo a todas luces inherente al personaje… También insistió para que se incluyera una pelea entre Superman y una araña gigante en el tercer acto de la película. Smith aguantó lo que pudo y fue modificando el guión, pero cuando el amigo Peters propuso idear un compañero robot para Brainiac (el villano de la función), su paciencia se esfumó. La gota que colmó el vaso fue la exigencia de añadir una escena de lucha entre Brainiac y dos osos polares. Incluso quiso incorporar a la trama una mascota -que el ex peluquero definió como un “perro espacial” similar a Chewbacca- para animar las ventas de merchandising. El propio Burton, que en alguna ocasión ha reconocido no haber leído nunca un cómic de DC, también aportó ciertas ocurrencias, pero esa es otra historia.

Sea como fuere, Kevin Smith se largo a su casa y Jon Peters, muy seguramente, siguió aportando ideas absurdas en todas sus producciones posteriores. Dios bendiga el consumo masivo de estupefacientes. Años más tarde admitió que la franquicia y el personaje de Superman fueron problemáticos para él porque «los elementos que la componían estaban lejos del corazón y se inclinaban más hacia “Star Wars”; no había parte humana en ello». Gónadas como cocos las de este caballero, aunque al final consiguió incluir a la jodida araña gigante en una película. Fue en la lisérgica “Wild Wild West”, en 1999. Siete años después, en 2006, produjo “Superman Returns”. En 2013 haría lo propio con “El Hombre de Acero”. En ambas ocasiones fue más contenido en lo que aportaciones artísticas se refiere. Lo que no podemos olvidar es que por culpa de este pollo nos perdimos a Superman y Lois Lane manteniendo relaciones sexuales en lo alto del monte Rushmore. Y no se ustedes, pero yo por ahí no paso. Ni olvido ni perdón, Jon; ni olvido ni perdón.